El amigo y el juez – Orar y no desmayar (Lucas 11 y 18)

El amigo y el juez – Parábola sobre orar y no desmayar

(Lucas 11 y 18)

 

La oración al amigo – el Padre celestial – por el Espíritu Santo (Lucas 11)

En el Cap. 11 de Lucas, el Señor se nos muestra como un amigo a quien podemos ir en caso de alguna necesidad.

«¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante?» (Lc. 11:5-6)

Con un amigo hay intimidad, hay una relación. A un amigo puedes importunarle, incluso a medianoche, y pedirle lo que desees. Él no te va a decir:

«No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos

Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite» (vv. 7-8)

Podemos venir al Señor como a un amigo, con confianza. Ese acceso está siempre abierto, aunque sea a medianoche, en momentos difíciles, de oscuridad (v. 5), a la hora más inoportuna (v. 8), con urgencia y necesidad. A veces venimos a Él de manera superficial, sin carga en nuestros corazones, como tocando en la puerta sin decisión, para no molestar, o no molestarnos nosotros mismos. Pero esto no es lo que nos muestra esta parábola. Tenemos que venir a Su puerta y llamar con insistencia, incluso con fuerza: “Toc, toc, Toc”. No nos debe importar molestarle (v. 8). ¡Tenemos que importunar al Señor!

La oración es nuestro acceso al Padre. Este es el camino que Dios nos ha dado para venir a Él y entrar en la comunión con Él. Debemos hacerlo con fe y total confianza. Este acceso siempre está abierto, incluso a “medianoche”. ¿Piensas que hay algún momento de nuestra vida en el que no tenemos acceso al Padre? Siempre está abierto. Por medio de Jesucristo, de Su obra redentora, y por el Espíritu, tenemos total acceso al Padre (Ef. 2:18). Hoy, por Su sangre, podemos venir a Su presencia y pedir, buscar y llamar:

«Yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (vv. 9-10)

Es el mismo Señor el que nos insta a pedir, buscar y llamar. Seamos insistentes. No seamos ligeros cuando venimos al Señor. Vengamos con todo nuestro corazón, en plena certidumbre de fe, porque…

«¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (vv. 12-13)

Pidámosle por todas nuestras necesidades, pero, sobre todo, pidámosle el Espíritu Santo. Este es el don más preciado que el Padre desea darnos.

Por supuesto, ya hoy (como vimos en el artículo anterior), todos los que hemos nacido de nuevo hemos recibido el Espíritu Santo, pero, en nuestra vida diaria, seguimos necesitando el continuo suministro del Espíritu; como Pablo le dijo a los Filipenses: «Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación» (Fil. 1:19). En todas las situaciones de nuestra vida, necesitamos experimentar, aplicar y ser llenos del Espíritu.

En 1 Tesalonicences 5:19 leemos: “No apaguéis el Espíritu”. Tenemos el Espíritu en nosotros, pero, a veces, lo tenemos «apagado». El Señor nos anima a activarlo, a avivarlo, a pedirlo.

Él nos dice que lo hagamos como si se lo pidiéramos a un amigo, pero, este “amigo” no es cualquier persona sino nuestro “Padre celestial” (v. 13), quien nos quiere dar la plenitud del Espíritu Santo, si se lo pedimos. Con Él viene todo lo demás, todo lo que el Padre celestial estime que es lo mejor para el crecimiento de Sus hijos, y para cumplir Su voluntad, aunque, a veces, eso no incluya ciertas cosas que a nosotros nos gustarían. Como hemos visto antes, Pablo deseaba la liberación de la cárcel, pero, pidió el suministro del Espíritu, para que fuera lo que fuera, se hiciera la voluntad del Señor para él, y Cristo fuera magnificado en su cuerpo, o por vida o por muerte, porque su único deseo era vivir a Cristo. (Fil. 1:20-21). Todo lo demás está en las manos del Señor.

La oración de la viuda al juez injusto – por justicia (Lucas 18)

En Lucas 18 vemos un cuadro muy diferente, en vez de a un “amigo”, nuestra petición es a un “juez injusto”.

El Señor nuevamente nos anima a orar y no desmayar: «les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (18:1). Pero, a veces, según nuestra experiencia, podemos tener la sensación, como hemos dicho antes, de que, a pesar de que le pedimos ciertas cosas, no hay respuesta, o no recibimos la respuesta esperada, y tenemos la impresión de que el juez es injusto con nosotros.

En ocasiones, le he pedido algo para la iglesia, los hermanos o para mí, pero no he recibido la respuesta que esperaba; y le he dicho: ¿Señor, que sucede? Muchos cristianos sufren persecuciones en este mundo, otros pasan por enfermedades o pérdidas, tanto humanas como materiales, e incluso familiares y personas muy allegadas a las que amamos y por las que oramos, pasan por situaciones muy difíciles. ¿No es injusto? Pero, a pesar de que nuestro adversario es injusto con nosotros, y que como una viuda desconsolada le pedimos continuamente al Juez: «Hazme justicia de mi adversario» (v. 3), no parece que haga nada al respecto. Y aún así, sea cual sea la situación, el Señor nos sigue animando a venir a Él, a orar y no desmayar.

Aunque pasemos por momentos muy duros, seamos perseguidos, e incluso, en algunos casos, martirizados, como lo han sido tantos hermanos nuestros a lo largo de la historia, y aún hoy en día en ciertos países, no creamos que el Señor es injusto. El Señor ha oído nuestras oraciones desde el primer momento. Como ocurrió con Daniel (Dan. 10:12). Él le pidió algo a Dios respecto a Su pueblo, y pasó un tiempo sin respuesta a su oración. Daniel estaba muy afligido (v. 2). Parecía como si Dios no hubiera oído aquella oración. Pero, entonces, una mano le tocó y le habló:

Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido (v. 12)

¡Desde el primer día, fue oída tu oración! Pero, Dios tiene que llevar a cabo Su propósito y tiene un tiempo para todo.  ¡Él es Soberano sobre todas las cosas! Me gustaría que muchas respuestas fueran inmediatas, pero hay un tiempo soberano de Dios. No siempre conocemos los motivos del Señor, pero sí sabemos que desde el primer día esa oración fue recibida y escuchada.

En Apocalipsis también vemos el clamor de las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por su testimonio:

Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo (Ap. 6:10-11)

¡¿Hasta cuándo?! En esta situación injusta, parece que el enemigo tiene la victoria, pero realmente, el Señor sí ha escuchado nuestras oraciones, y les dice que esperen todavía un poco de tiempo: “Hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos”.

Hay un tiempo para Dios, un tiempo para su justicia (aún la justicia humana tiene sus trámites y sus tiempos).

¿Qué podemos hacer mientras Él cumple Su propósito? Debemos insistirle como la viuda. «Porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia» (v. 5). ¡¡Debemos molestar al Señor!!

«Os digo que pronto les hará justicia» (v. 8)

El Señor nos insta a perseverar, a orar siempre y no desmayar, hasta que la copa de incienso esté llena (Ap. 5:8; Ap. 6:10; 8:3-4), a seguir pidiéndole el suministro de Su Espíritu, y seguir ejercitando nuestra fe. Nuestra fe, basada en la Palabra de Dios y Sus promesas, es preciosa, poderosa y efectiva, no debemos descuidarla. Por eso dice:

«Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» (v. 8)

Cuando Él venga: ¿hallará fe en la tierra? ¿Hallará hermanos y hermanas fieles que están en comunión y oración, perseverando hasta el final? ¿Los hallará? Quiero ser uno de ellos. Espero que cuando el Señor venga nos halle en esa fe y perseverancia. Esta fe no es solo una creencia, sino una relación viva de comunión con nuestro Señor. Cuando el Señor venga quiero estar en esa relación, unión, en esa comunión con el Señor y mis hermanos, orando y sin desmayar.

R. Martínez