La importancia de no rendirse, de orar y no desmayar (Lucas 11 y 18)

La importancia de no rendirse, de orar y no desmayar

(Lc. 11:5-13; 18:1-8)

Las parábolas son explicaciones sencillas para aquellos que no pueden entender. Jesús se las daba al pueblo cuando venían a escucharlo. Por medio de esta palabra en Lucas 11 y 18, el Señor me ha hablado de una manera sencilla, pero con la profundidad que Él nos quiere impartir.

Estas parábolas hacen hincapié en la necesidad de orar y no desmayar, que nuestro corazón no ceda en el momento en el que veamos que el Señor tarda su respuesta; que seamos capaces de tener la capacidad espiritual para permanecer hasta que el Señor lleve a cabo Su cometido.

La primera, en Lucas 11:5-13 habla de un hombre que tiene una visita a medianoche, y no tiene panes, y va a un amigo a pedirle panes. Y la segunda, en Lucas 18:1-8 tiene que ver con una viuda con una situación complicada que acude al juez para que le haga justicia.

En las dos encontramos similitudes. Lucas 11:8 dice: Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite”. Y en Lucas 18:5, este juez que no tenía temor a Dios ni respeto al hombre, ante la insistencia y molestia de la viuda, dice: “Sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.

El primer texto nos dice: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. ¡Qué texto tan precioso! Con esta situación creo que lo tenemos todo de nuestra mano, pero no siempre pasa así. El texto se está refiriendo, al final, en el versículo 13:

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

Hoy podemos decir que no tenemos que pedir el Espíritu Santo, porque ya lo tenemos, pero sí podemos echar mano del Espíritu. Necesitamos que el Espíritu opere en nosotros.

He encontrado, al menos, 25 funciones que el Espíritu hace dentro de nosotros, aunque buscando, seguro que hay más (ver pdf al final). Y de esas 25, de cuántas hecho yo mano. Voy a nombrar solo cuatro funciones, porque son muy interesantes. No siempre las ejercitamos. A veces nos encontramos en debilidad y no alcanzamos lo que el Señor desea de nosotros, ni aun lo que nosotros deseamos del Señor, porque no echamos mano del Espíritu. Este Espíritu está en nosotros para darnos la capacidad y el poder de llevar a cabo el propósito del Señor.

En primer lugar, la Palabra, nos dice que el Espíritu da poder (Hechos 1:8). Por eso, necesito acudir y echar mano de este Espíritu. Necesito pedir, necesito buscar, llamar para que el Espíritu obre en mí.

El Espíritu me enseña la verdad (Juan 14:26). Cuántas veces no hacemos las cosas que Dios quiere porque desconocemos la verdad. Esta mañana estamos compartiendo de la necesidad de edificar, y esperamos que Dios edifique en nosotros, y vemos que Dios “no hace nada”, pero, ¿por qué Dios no hace nada? Porque Él ya puso el cimiento, Cristo es la Roca, los apóstoles son los fundamentos, pero, ¿quién sobreedifica? ¿Estoy esperando a que Dios me sobreedifique o voy a ponerme manos a la obra y edificar? El Espíritu me enseña la verdad, y me dice: “¿A qué estás esperando? No esperes más. Ponte manos a la obra y haz tu función para la que Dios te ha puesto, sobre esos fundamentos apostólicos”. No necesito esperar a que estén, ya están puestos.

También nos dice que el Espíritu da vida (Ro. 8:11). ¡Gloria el Señor! Esta mañana necesito la vida. ¿Cómo la obtengo? ¿Espero a ver si ocurre algo? Pero no ocurre nada. Necesito ir al Espíritu para que me dé vida. Tenemos un espíritu en el cual se ha depositado el Espíritu de vida. ¡Echemos mano de Él! Porque el ser humano es el único en toda la tierra que tiene ese espíritu. Los animales no lo tienen, nosotros sí, por eso, echemos mano de él, y pidámosle al Señor: “Señor, dame vida a través de mi espíritu”.

Otra función es que convence de pecado (Jn. 16:88-11, 13). Yo no tengo luz para mi pecado, pero el Espíritu me da luz. “Señor, dame luz para ver qué hay dentro de mí”, porque yo me miro a mí mismo y me veo muy bien, que no necesito nada, pero el Espíritu no lo ve igual. Cuando acudo al Espíritu, echó mano de Él, llamó, pido, y busco, Él me da luz, me abre y me muestra lo que hay en mí. Necesitamos el Espíritu Santo. Esto es vital en este texto.

Por otro lado, vemos a la viuda, lo que ella pide es justicia. Al menos lo menciona 4 veces, en el v. 3, 4, 7 y 8.  Al final dice: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? (Lc 18:7). Y en el v. 8:Os digo que pronto les hará justicia.  Pero qué tipo de Justicia nos va a hacer el Señor. Yo pido: Señor, hazme justicia con mi adversario. Y me refiero a las cosas injustas de mi vida cotidiana (la factura de la luz, el trabajo, etc,…). Puede que el Señor, individualmente, nos haga justicia respecto a las cosas de este mundo, pero la justicia a la que Dios se refiere es como dice en el versículo 7: Pronto haré justicia, y esto es en el cielo nuevo y la tierra nueva, por eso, tenemos que pedirle que venga pronto, que acelere su venida.

Dice 2 Pedro 3:11-12: “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios”.

¿Cómo acelero yo esta venida? Orando, de día y de noche: “Señor, Tu justicia, Tu venida”.

2 Pe. 3:13Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”.

Esta es la justicia del cielo nuevo y la tierra nueva.

2 Pe. 3:14Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz”.

Mientras viene el Señor tengo que ponerme al servicio del Espíritu para que el Señor me hallé sin mancha e irreprensible en Su venida y de esta manera aceleramos la venida del Señor.

Esto lo conseguirá el Señor al final, pero tiene mucho que ver con el último versículo que dice: “¿Hallará fe en la tierra?(v. 8). ¿Hallará fe en nosotros? Si no haya fe, ¿cómo va a venir pronto? Es la fe la que lleva a conseguir estas cosas.

La Fe en nosotros es muy preciosa. Leamos 1 Pe. 1:7: “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.

El oro es un símbolo mundial de algo que no perece. Nuestra fe es mucho más preciosa que el oro. Cuánto atesora el Señor la fe en nosotros, por eso dice: “¿Hallaré fe en la tierra?”. Esa es su preocupación: “Yo he depositado en ellos una fe que es mucho más preciosa que el oro, pero esta fe que yo he depositado en sus corazones, ¿la hallaré cuando regresé?”.

La fe es nuestro escudo: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Ef. 6:16).

Y también en Santiago 1:6: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra”.

Fijaos qué importante, por un lado, es el Espíritu en nosotros, y, por otro lado, la justicia que Dios va a traer, en cielo nuevo y la tierra nueva, a través de nuestras oraciones y nuestra vida. Esto está fundamentado en la fe que Él va a hallar en nosotros cuando Él venga. Esto es precioso, por eso tenemos que asesorarlo en nuestro corazón.

E. Montiel

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