Eclesiastés 9 – Más allá del Sol

Eclesiastés 9
Más allá del sol
“Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio;… después de esto se van a los muertos. Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto. Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido”
— Eclesiastés 9:2-5
Esto escribía “el Predicador”, en Eclesiastés, tras sus años de experiencia “bajo el sol”.
Es una visión dura de la vida:
“un mismo suceso ocurre al justo y al impío”; “mejor es perro vivo que león muerto”.
Es honesta pero desgarradora:
“los que viven saben que han de morir”.
Realista, pero sin esperanza:
“Los muertos nada saben, ni tienen más paga (recompensa); porque su memoria es puesta en olvido”.
Fatalista:
“También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol” (Ecl. 9:6)
El versículo 10 es una declaración de desesperanza total:
“Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría”.
¡Y, es cierto! Cuando miras la existencia humana limitándote a lo que tus ojos pueden ver, la conclusión lógica es realista pero desesperanzadora:
la muerte es el fin y lo borra todo.
¡Qué contraste tan absoluto con las palabras de Pablo de Tarso!
“Porque para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” — Filipenses 1:21
Alguien que pensara como el Predicador jamás habría podido escribir algo así. Pablo, incluso, llegó a afirmar que “partir y estar con Cristo” es “muchísimo mejor” (Fil. 1:23).
¿Qué marca la diferencia entre las palabras de aquel opulento y sabio monarca y las de este sufrido y encarcelado evangelista?
La persona de Jesús.
El Hijo de Dios no vino simplemente a darnos buenos consejos para sobrellevar nuestra efímera vida bajo el sol. Vino a rescatarnos de una existencia vana (1 P. 1:18) y a regalarnos vida en abundancia: una vida de resurrección que vence a la muerte y ofrece una esperanza real más allá de la tumba a todo el que cree en Él.
¡Jesús lo cambió todo!
“Bajo el sol”, la vida biológica es lo único que poseemos. Pero en Cristo, hay Alguien que trasciende la vanidad terrenal. Lo que antes era el fin de toda expectativa, ahora es el inicio de la esperanza prometida. La muerte ya no apaga nuestra luz; nos traslada directamente al reino de luz de Cristo (Col. 1:13).
Ante esta realidad, ¿cuál debe ser nuestra actitud?
Primero: No desperdiciemos el tiempo
El Predicador tenía razón en su observación humana: sin Cristo, la muerte es el fin de todo y la vida presente —por efímera que sea— es el único escenario disponible. De ahí su llamado a aprovechar cada día, “a comer tu pan con gozo… a gozar de la vida con la mujer que amas…” (vv. 7-10). Sin embargo, a la luz del Evangelio, este llamado se convierte también en una urgencia para buscar a Dios y arrepentirse mientras se pueda:
Cristo vino a cambiar nuestro destino eterno.
Hoy puedes decidir; hoy puedes volver a Dios, pues mañana puede ser tarde. La vida es corta y la oportunidad de responder al evangelio no dura para siempre.
En este sentido, la expresión “mejor perro vivo” se convierte en una metáfora de la gracia y de la oportunidad que se nos brinda mientras estamos vivos.
Lo vemos en la historia de la mujer cananea en Mateo 15:27-28. Esta mujer gentil, sin derecho alguno a la mesa del pacto y las promesas de Dios, sin esperanza en esta vida presente, se acercó a Jesús clamando por su hija. Al probar su fe, Jesús le recordó que no estaba bien quitar el pan a los hijos para dárselo a los perrillos. Ella, lejos de ofenderse o resignarse al fatalismo, respondió con una fe conmovedora: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Sabía que no merecía un lugar de honor, pero reconoció que el Señor de esa mesa era tan generoso que una sola de sus migajas bastaría para sanar a su hija, y salvarla a ella misma de su dolor.
Esta es la postura que agrada a Dios, y por eso Jesús exclamó: “Oh mujer, grande es tu fe”.
El “perro vivo” no es solo quien aún respira; es aquel que, reconociendo su propia indignidad, deposita su confianza en la gracia desbordante del Señor. Estar vivos nos da la oportunidad para acercarnos, clamar y creer que en Jesús hay más que suficiente para nosotros.
No desaprovechemos hoy la gracia que Dios nos ofrece en Jesucristo.
No sabemos cuándo se cerrará esa puerta. Como advierte Eclesiastés 9:12:
“Porque el hombre tampoco conoce su tiempo; como los peces que son presos en la mala red, y como las aves que se enredan en lazo, así son enlazados los hijos de los hombres en el tiempo malo, cuando cae de repente sobre ellos”.
No conocemos nuestro tiempo y podemos ser “enlazado” de repente.
Segundo: No le tengamos miedo a la muerte
Quienes estamos en Cristo ya no vivimos “bajo el sol” de esta tierra, sino bajo el Sol de Justicia. En su luz, la esperanza no muere con el cuerpo, sino que vive en Aquel que es la resurrección y la vida.
Para “el Predicador”, la esperanza se limitaba a los vivos. Para el creyente, como escribe el apóstol Pedro,
Dios “nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo… para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos… para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:3-5).
Gracias a la resurrección de Jesucristo, el dilema del «león muerto» frente al «perro vivo» ha sido tiene otro resultado. Para Salomón, «bajo el sol», el proverbio significaba algo amargo: aunque hayas vivido con la dignidad, fuerza o influencia de un león, la muerte lo borra todo; y aunque seas despreciable como un perro inmundo, mientras estés vivo, todavía puedes comer, ver el sol y experimentar algo. Su conclusión era puramente material: la vida biológica es el único bien, porque, como ya veíamos en el v. 10:
“en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría”.
Bajo el sol, el proverbio es un fatalismo: más vale estar vivo, aunque seas miserable, porque muerto no hay nada. Pero, en Cristo, el proverbio se transforma en esperanza.
Es cierto que antes que Jesús viniera a esta tierra, la muerte no podía sino ser terrible. Pero, cuando Él vino, no solo llegó la luz, sino la resurrección y la vida.
Ese «perrillo» (imagen de alguien indigno, impuro) que reconoce su condición y clama por la gracia —como hizo la mujer cananea (Mateo 15)—, vive, y vivirá eternamente. Y el «león muerto» que murió en el Señor tampoco ha perdido nada: lo ha ganado todo.
Por medio de Jesús tenemos una esperanza viva y una herencia incorruptible, que nunca se marchitará.
Gracias a Él, la muerte ya no es el fin de toda expectativa. Cristo —el verdadero León de Judá— venció la muerte. Por eso, quien muere en Él no queda en el olvido, ni su memoria es puesta en olvido, porque su nombre está escrito en el libro de la vida.
Su recompensa no termina en la tumba: es la vida eterna y el disfrute eterno de la presencia de nuestro Señor en el reino venidero.
No sigas viviendo sin esperanza, lejos de Dios. Abre tu corazón a Jesucristo que hoy te ofrece la vida verdadera más allá del sol.
RMC
Más allá del sol (folleto) pdf


