Eclesiastés 11:4, 6 El que mira los vientos no siembra

«El que al viento observa, no sembrará; y el que mira las nubes, no segará»

(Eclesiastés 11:4, 6)

El que espera condiciones perfectas para actuar nunca actuará. El labrador que analiza cada nube y cada ráfaga de viento antes de salir al campo se quedará en casa y, al final del año, no tendrá cosecha.

A veces, esperamos el momento ideal para formar una familia, para evangelizar a los compañeros de trabajo y a los amigos, para reconciliarnos con ese hermano con el que hay distancia o para dar aquel paso de fe. Pero el momento ideal nunca llega. El “viento” y las “nubes” siempre ofrecerán una razón para esperar.

El versículo no llama a la imprudencia ni a ignorar la realidad, sino a actuar en fe. El creyente es llamado a sembrar, sabiendo que la cosecha está en manos de Dios. La fe puede que no evite ciertos riesgos, pero no va a paralizar la obra.

Recordemos el ejemplo de los apóstoles y especialmente el de Pablo. Aun sabiendo los riesgos que corrían, no dejaban de hablar con denuedo la Palabra de Dios. Muchos le advirtieron a Pablo que no fuera a Jerusalén, que le esperarían cadenas y sufrimiento (vientos y nubarrones), y ciertamente fue encarcelado, pero en medio de esas lúgubres cárceles, siguió manifestando su fe, y declaró:

  • Filipenses 4:13 — «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».

El versículo 6 nos sigue animando a perseverar y no desmayar:

«Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno».

No sabemos qué es lo mejor, ni qué semilla fructificará, pero sí sabemos esto: «El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará» (2 Corintios 9:6).

No tenemos que garantizar el resultado, solo ser fieles y generosos en el proceso. El evangelio compartido a alguien que hoy no responde puede ser la semilla que germina en diez años. La oración que parece no tener respuesta puede estar madurando en el tiempo de Dios, al igual que el consuelo o la ayuda proporcionada a alguien en necesidad. Nuestra responsabilidad es sembrar, a tiempo y a destiempo (2 Tim. 4:2); la cosecha pertenece a Dios.

  • 1 Corintios 3:6–7 — «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios...».

  • Gálatas 6:9 — «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos».

Seamos diligentes, sembremos de mañana y de tarde, en palabra y obra (Col. 3:17). No examinemos los riegos con nuestra mirada natural, sino con los ojos de la fe de Dios. La siembra siempre lleva fruto agradable a Dios.

  • Isaías 55:11 — «Mi palabra… no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero».

    RMC